lunes, 31 de mayo de 2010

Rojo de Sangre y Fuego

Desde hace unos meses mi hermano está convirtiendo a formato digital las antiguas cintas de video VHS que estaban abandonadas en los estantes de la casa. Entre las comuniones, los vídeos caseros, algún partido de fútbol memorable y unas cuantas finales de carnaval desempolvó un documental titulado "El cielo se puso rojo". Recoge varios testimonios de gente que vivó en primera persona la explosión de Cádiz del año 1947. Los relatos de miedo y destrucción son escalofriantes, similares a los que hoy día seguimos viendo en las noticias a diario en otras partes del mundo.


De entre todas las entrevistas me llamó la atención la realizada al que por entonces era el responsable de Hematología del Hospital de Mora, el Doctor Flores. Según contaba, ese día salió de su casa al hospital con la intención de volver en cinco minutos y no volvió hasta cinco días después. La situación debió ser caótica. Contó el caso de una chica a la que se le comenzó a transfundir sangre (posiblemente en aquella época pudiera ser incluso sangre total y no concentrados de hematíes únicamente) y cuando sólo le habían pasado unos 5 centímetros cúbicos de sangre, comenzó a emitir unos impresionantes gritos de dolor junto con aumento de su temperatura corporal hasta los 42ºC, o incluso más, ya que el termómetro no podía marcar más de esta cifra. El hematólogo protagonista de nuestra historia no daba crédito al orígen de tales síntomas. Parecían claramente relacionados con la transfusión, pero la pequeña cantidad de sangre transfundida en relación a lo inquietante del cuadro clínico originaba dudas. Y es en ese momento cuando, en un acto de inconsciente heroicidad, el médico decide inocularse una cantidad similar a sí mismo para experimentar. Un acto que, ni que decir tiene, hoy día sería impensable: afortunadamente los adelantos de hoy día no lo hacen necesario. Pero por otra parte, tampoco en ese momento tenía mucho sentido. Si no le ocurría nada al médico seguiría con la duda, y si aparecían los mismos síntomas, no sólo ponía en riesgo la vida del cuidador (cuyo trabajo en ese momento era indispensable en el escenario de una catástrofe) sino que seguiría sin conocer como tratar el problema.

En efecto, el médico comenzó a sufrir los mismos síntomas que la paciente. Estuvo horas o tal vez días sufriendo un terrible síndrome febril que lo mantuvo en cama con la única compañía de una radio. Gracias a esta única comunicación con el exterior pudo comprobar cómo Cádiz perdía los focos de la atención del resto de España por culpa de la muerte de Manolete (algo que yo siempre he oido decir a mis abuelos). Y, según el relato de los hechos, pudo intuir que al torero no lo mató el toro, sino la transfusión de sangre, posiblemente por el mismo motivo que le había llevado a él a pasar los que quizás fueran los peores momentos de su vida.

La leyenda dice que los nazis y sus experimentos armamentísticos estaban detrás del polvorín gaditano y su explosión, algo similar a lo que ocurrió en Guernica, en un momento en el que el mundo se hallaba en plena II Guerra Mundial. Leyenda urbana o cruda realidad, quizás jamás se llegue a conocer. Tampoco se sabrá que pasó con esas bolsas ¿incompatibilidades de grupos sanguíneos?¿bolsas caducadas?¿o estaban envenenadas como dice el doctor? Lo que sí parece cierto, según comentaba nuestro protagonista en la entrevista, es que la partida de bolsas de sangre por las que enfermaron médico, paciente y quizás el torero provenían de un país del norte: Alemania.