jueves, 27 de mayo de 2010

Una anécdota de carretera


Como cada lunes, abandoné la autovía que habitualmente me lleva desde Sevilla hasta Zafra para tomar la carretera nacional con destino al pueblo de Llerena, y más concretamente a su Hospital. Dicha carretera atraviesa un pequeño pueblo en el que, desde hacía algún tiempo, podía observar la puntual presencia de un hombre mayor, quizás no tanto como para llamarlo abuelo, que esperaba de forma paciente en una de las aceras del pueblo. Un lunes sí y otro también, allí estaba, impasible, con su aspecto limpio aunque algo descuidado, su barba de varios días y su eterna bolsa en ristre. Algún que otro día cruzábamos la mirada, con cierta curiosidad mútua. En realidad, su cara me resultaba familiar por habérmelo encontrado varias veces deambulando en el Hospital, yendo de una a otra consulta. Quizás por ese motivo, aquel día no lo pensé demasiado cuando, en contra de mi costumbre me ví a mí mismo frenando y parando a su lado tras verlo con el brazo levantado. La calidez de su voz no casaban con una mirada fija pero a la vez ida, como si su mente estuviera en otro lugar diferente al que nos encontrábamos.
- Perdone, ¿me haría el favor de acercarme? Es que mi amigo no se encuentra hoy muy bien y no va a poder llevarme.
- Claro, suba.
Después de todo, algo de conversación no me vendría mal tras cerca de hora y cuarto conduciendo y oyendo siempre las mismas noticias repetidas en la radio. La distancia hasta el Hospital era tan sólo de veinte minutos en coche, mientras que la que tardaría el hombre en autobús cualquiera sabe (si es que hay autobús). Tras darme cordialmente las gracias, apenas pudimos intercambiar los típicos comentarios sobre el tiempo cuando, de repente me pidió que parara en el arcén, en plena carretera, poco antes de la curva cerrada que abraza el monte en un giro de unos 300 grados. Dado que antes de llegar a Llerena no había ningún pueblo y por el hecho de haberlo visto anteriormente en el Hospital, dí por sentado que éste sería su lugar destino, pero no era así. Extrañado, hice lo que me pidió, bajó del coche y allí se quedaba mientras yo arrancaba hacia mi lugar de trabajo. El espejo retrovisor me ayudó a paliar mi curiosidad: antes de tomar la señalada curva pude observar como sacaba de su bolsa un gran ramo de flores y hacía ademán de colocarlo al pie de una cruz de esas que se encuentran a veces en los arcenes para recordar el lugar de un familiar accidentado. Me alejé pensativo: ¿tendría por costumbre depositar las flores en ese punto cada lunes?¿dos o tres veces en semana quizás? En fin, pensando que después le contaría la anécdota a mi "Pintora Favorita", me dispuse a comenzar una larga semana. Pero el episodio tendría continuación a la semana siguiente. Su amigo debía seguir enfermo, por lo que llegando a su altura volvió a levantar el brazo. Quizás esta vez me estaba esperando a mí particularmente. O simplemente volvió a ser casualidad que fuera yo el que parara de nuevo a su lado. Lo cierto es que me volvió a pedir lo mismo, y que lo apeara en el mismo lugar. Tras bajar el último resalto del pueblo le pregunté:
- ¿Era un familiar suyo?
- Sí, mi hijo, la única familia que me quedaba.
Tras un espeso silencio me arrojé a comentar:
- Debe tener usted mucha fe para ir todos los días a ese lugar, llueva o truene.
- No, no, que vá. En realidad no voy todos los días, sólo cuando pienso que las flores pueden necesitar un cambio: es importante que siempre estén lo más frescas posibles. Y en realidad ese no es el sitio exacto donde ocurrió el accidente. Realmente fue en el interior de la curva, pero no se vé antes de entrar en ella. Por eso coloqué la cruz a la entrada, donde se vea desde lejos. Y tampoco soy creyente. Si lo fuera quizás ya no estaría en el mundo. Pienso que después de morir hay lo mismo que había antes de nacer. Pero también sé que esa piedra en forma de aspa tiene más poder en la mente de muchas personas del que parece. Y mientras les sea útil....Todo está en el interior de nuestra cabeza. Lo cierto es que desde que está allí no ha vuelto a suceder ningún accidente.

Y mientras se bajaba del coche comentó con media sonrisa: -Si no lo hace la DGT, tendré que hacerlo yo, aunque de una forma más barata, jeje.