lunes, 21 de febrero de 2011

Capitulo 3 del Viaje a Egipto - Valle de los Reyes (3ª parte: Ramsés I)

Pasamos ya a comentar la siguiente tumba. En este caso retrocedemos en la dinastía ramésida hasta el que podríamos llamar como su fundador: Ramsés I.
Coronado faraón con el nombre de Menpehtyra Ramsés, nadie sospecharía que aquel hombre de avanzada edad iba a llegar a poseer el poder absoluto sin estar emparentado ni de lejos con la declinante dinastía XVIII. Proveniente de la zona de Avaris, la denostada y derruida capital de los hicsos, el comandante Paramesu fue escalando posiciones durante el reinado de Horemheb hasta convertirse en su visir y segundo a bordo. Debido a la actitud de ambos personajes y de sus sucesores con los reyes del turbulento periodo de Amarna, se cree que tanto Horemheb como Paramesu tuvieron un papel muy importante en la restauración del culto a Amón, convirtiéndose posteriormente en los primeros perseguidores de las huellas del «hereje» Akenatón y su familia.
Debido a la falta de un heredero varón, Horemheb asociaría al trono a su visir en condiciones de completa normalidad. Pese a la edad del futuro Ramsés I, la sucesión parecía asegurada, ya que por entonces su hijo Seti había alcanzado la madurez y había tenido a un hijo varón (Ramsés II). 
Ficha técnica de la tumba Kv16: Ramsés I
Incluso es posible que la casa ramésida fuese emparentada por medio de diversos matrimonios con la familia de Horemheb, legitimando aún más la llegada de la nueva dinastía. Sea como fuere, parece ser que a la muerte de Horemheb, Paramesu ascendió al trono como Ramsés I sin un gran revuelo y en un momento de completa estabilidad interna.
La planta de KV16 revela que la construcción del sepulcro fue rápida y precipitada, sin atender a excesivos cuidados y ornamentos arquitectónicos. Aún así, fue excavada con gran maestría no exenta de simplicidad y economía de espacio y tiempo. Las primeras estancias se corresponden al diseño típico de entonces de una tumba real, análogo al del lugar de descanso eterno destinado a Horemheb, el antecesor de Ramsés I: una escalera de entrada, una rampa con una gran pendiente descendente y una última escalera.  
De haber vivido algún tiempo más, sin dudas se habría seguido con las estancias tradicionales –un pasillo, el pozo funerario, la sala de pilares, dos corredores más, una antecámara y la propia cripta-, pero sólo se tenían unos pocos meses para acabar un trabajo en el que se solían invertir varios años. Aún así, es probable que llegasen a cumplir con su cometido antes de la coronación de Seti I,  mientras era embalsamado Ramsés I, pues pudieron excavar dos cámaras laterales enanas y un nicho frontal para incluir más ajuar funerario.
Las dimensiones de estos pasillos son sensiblemente menores que otros sepulcros reales, sin duda debido a lo avanzado de la edad del faraón. Esta precaución acabó teniendo motivos, pues al poco de terminar la segunda escalera falleció Ramsés I. Entonces, los constructores de Deir el-Medina, en un alarde de profesionalidad, aceleraron considerablemente las obras, improvisando un pequeña cámara sepulcral bien excavada y pulida e incluso dotada de decoración para la gloria del difunto monarca.
 EL ÚLTIMO VIAJE DE RAMSÉS I
Ramsés I descansó en su tumba más de 200 años, hasta que, quizás durante el reinado de Esmendes I, su cuerpo fuera trasladado a un lugar más seguro que además sirviera de refugio a otras momias reales. Este sitio resultó ser KV17, donde además de Ramsés I estaban resguardados los cadáveres de su hijo y su nieto, Seti I y Ramsés II. Y juntos, los tres primeros reyes de la dinatía XIX reposarían algún tiempo más hasta que volvieron a ser trasladados primero a la tumba del acantilado de la antigua reina Ahmose-Inhapi y después a DB320, en Deir el-Bahari. De todas la momias conocidas de DB320,  sin lugar a dudas fue la de Ramsés I la que más avatares sufrió en la historia reciente. DB320 fue el lugar de destino de gran parte de los faraones del Imperio Nuevo, y permaneció oculto durante siglos hasta su descubrimiento a mediados del siglo XIX por la familia Abd el Rassul, quienes traficaron con muchos de los objetos e incluso algunas de las momias que se encontraban allí. Los Abd el Rassul la robaron y la vendieron, según una versión de la historia, al doctor James Douglas, quien la trasladó hasta Ontario, a un “museo de monstruos y curiosidades de la naturaleza”, llegando a ser presentada como la momia de nada más y nada menos que la bella reina Nefertiti. Sin embargo, el interés que despertaba aquella momia iba en aumento, sobre todo debido a que sus brazos se hallaban cruzados sobre el pecho, en una postura propia de los faraones. Tras 130 años recluida en aquella “galería de los horrores”, la momia fue vendida a la Universidad de Emory, cerca de Atlanta, donde numerosos estudios condujeron a la gran sorpresa de que aquel cadáver realmente pertenecía a un faraón, al propio Ramsés I. El gobierno egipcio solicitó su regreso inmediato, que se hizo efectivo el 24 de octubre de 2003. Aquel día Ramsés I volvió al país que le vio nacer, más de tres mil años antes, recibiéndosele con honores de Jefe de Estado. En los siguientes párrafos, algunos recortes de periódico donde se relatan algunos aspectos de estas aventuras póstumas del primer Ramsés…
RESCATE FARAÓNICO. La momia atribuida al faraón Ramsés I recién recuperada por el Museo de Egipto, en El Cairo. / Heba Hemy. El Cairo. EFE. 30/10/2003. El faraón Ramsés I reposa ya en la tierra que gobernó hace más de 3.500 años, después de que su momia regresara anoche a Egipto, de donde fue sacada ilegalmente hace más de 140 años por una familia de contrabandistas. La momia entró en el Museo de Egipto, en El Cairo, con honores de jefe de Estado, a pesar de que no existe seguridad absoluta sobre su identidad. Después de 140 años, El Cairo recupera la momia del faraón que gobernó Egipto hace 3.500 años. Los niños del colegio del Museo, vestidos como sus antepasados, acompañaron la caja envuelta en la bandera egipcia, mientras entonaban himnos militares como los que se escuchan en el aeropuerto en las visitas oficiales. «Aunque no tenemos pruebas al 100% de que la momia sea de Ramsés I, fundador de la XIX dinastía, que marcó la edad de oro del Imperio Nuevo egipcio, los informes y los estudios arqueológicos indican que es una momia real», explicó el arqueólogo egipcio y director del Consejo Superior de Antigüedades egipcias, Zahi Hawas.
Acompañado por Bonnie Speed, directora del museo Michael C. Carlos de Atlanta, donde permaneció la momia los últimos años, Hawas descubrió el cuerpo que será exhibido un mes y medio en el Museo de El Cairo, antes de ser trasladada a Luxor, antigua Tebas y capital de la XIX dinastía. «El regreso de la herencia cultural de Egipto ilegalmente sacada del país es el gran sueño de los egipcios», señaló el ministro de Cultura, Faruk Hosni, que no pudo asistir a la bienvenida.

En medio de una gran expectación, Hawas relató los pormenores del rescate de la momia, robada de Egipto en la segunda mitad del siglo XIX. «La odisea de Ramsés I empezó en 1870 cuando la familia de Abdel Rasul consiguió expoliar su tumba en el Valle de los Reyes de Luxor (a 725 kilómetros de El Cairo)», subrayó Hawas. «En 1871 fue vendida al anticuario inglés Mostafa Agha, quien la revendió al museo de Arte de la Cataratas del Niágara (Canadá), que la adquirió sin saber que pertenecía a un rey», continuó. Este museo se declaró en quiebra en 1999 y vendió toda su colección a un tratante canadiense que no se sentía atraído por las antigüedades faraónicas y se la ofreció al museo Michael C. Carlos por dos millones de dólares. Colecta pública: Uno de los directivos del museo pagó un millón, mientras que el resto fue reunido a través de una colecta pública entre la población de Atlanta, a la que ahora una frase al pie de la momia agradece que la haya «regalado» a Egipto.
Apoyado en esta historia y en diversos estudios del museo Michael C. Carlos, Hawas justifica que la momia pueda ser del propio Ramsés I. Según el arqueólogo egipcio, existen varios indicios que prueban esta teoría: Agha fue el comprador de todos los tesoros robados por los contrabandistas en la tumba de Ramsés I. Además, los rasgos del rostro se parecen mucho a los de Seti I, su hijo y sucesor y padre de Tutankamon, cuya tumba ha sido la única real encontrada intacta. Asimismo, la forma de momificación y la postura de la manos indican que se trata de un rey del Imperio Nuevo (1539-1075 a. C.). Por último, «cuando en 1881 se abrió la tumba de Ramsés I, en Deir Bahari, (en la margen occidental del Nilo) la encontraron vacía». Ramsés I, considerado el segundo mejor comandante de las épocas faraónicas –tras el guerrero-faraón Horemheb–, gobernó el Alto y Bajo Egipto entre el 1304 y el 1192 a. C. Ahora, tras más de 140 años de periplo norteamericano, descansará en la capital que conoció su esplendor a la vista de quienes quieran visitarlo.
La momia del presunto Ramsés I cifra la edad de la muerte en torno a unos 40 ó 45 años, quizás más, y el deceso pudo llegar a ser producido por una severa infección en la oreja, a consecuencia de una perforación mal hecha para colgar un pendiente.
Volviendo a la tumba, decir que el único texto funerario que aparece en ella es el Libro de las Puertas, que a partir del reinado de Horemheb es casi omnipresente en todas las tumbas reales posteriores. Así llamado por el arqueólogo Mariette, es un texto sagrado datado en la época del Imperio Nuevo. Narra el viaje del espíritu de un difunto en el otro mundo, y está relacionado con la marcha del Sol, aunque transcurre durante las 12 horas nocturnas, en la Duat. 
Durante esta travesía nocturna Ra es un sol muerto y representado como un Osiris de piel negra, debiendo vencer los peligros del mundo subterráneo para renacer al final de la noche bajo el aspecto de Jepri, el sol naciente que ha vencido el caos cerrándose así el ciclo de la muerte y renacimiento del difunto en el Más Allá.
El texto y las imágenes asociadas con el Libro de las puertas aparecen en muchas tumbas del Imperio Nuevo, inclusive en todas las tumbas de los faraones desde Horemheb a Ramsés VII. También se muestran en la tumba de Senneyam, un trabajador del poblado de Deir el-Medina, la antigua localidad de artesanos y artistas que construyeron las tumbas de los faraones del Imperio Nuevo. Cada diosa del Libro de las Puertas  tiene un título diferente, y portan vestidos de color distinto, pero son idénticas en todo lo demás, llevando todas sobre sus cabezas estrellas. La mayor parte de las diosas son específicas del Libro de las puertas, y no aparecen en otros textos de la mitología egipcia, así que se ha sugerido que el relato se originó simplemente como un sistema para determinar el ciclo nocturno, con una diosa en cada puerta, siendo estas una alegoría de la principal estrella que surge en cada hora. Navegando en su barca a través de un río subterráneo (simbolismo del Nilo en el mundo inferior), el espíritu representado por Ra requiere pasar una serie de "puertas" en diferentes etapas del viaje. Cada puerta, rodeadas de serpientes y genios malignos, se asocia a una diosa diferente, y requiere que el difunto reconozca el carácter específico de cada deidad. Un guardián impide el paso de la comitiva solar: Ra tiene que atravesar cada puerta sin peligro recitando fórmulas mágicas ayudado por las divinidades que lo acompañan en su viaje. La correcta pronunciación del nombre del guardián de cada puerta permitirá a Ra y su séquito atravesar las puertas y continuar la travesía nocturna. El texto da a entender que algunas personas pasarán incólumes, mientras que otras sufrirán tormento en un lago de fuego.
La parte más célebre del Libro de las Puertas  se refiere a las diferentes razas de la humanidad conocidas por los egipcios; dividiéndolas en cuatro categorías que son normalmente expuestas como ”egipcios”, “asiáticos”, “libios” y “nubios”. Se les representa en procesión, entrando en el otro mundo.
Las cuatro razas: egipcios, libios, nubios y asiáticos, en la Tumba de Seti I
La malvada serpiente Apofis (ó Apep) está presente en todas las etapas de este recorrido solar tratando de obstaculizar la salida triunfante de Ra con el alba. Si Apofis vence a Ra no habría un nuevo día y se impondría el caos, sin embargo en la hora 12 tiene lugar la destrucción de la serpiente: una vez más el sol ha vencido al caos.
Al igual que las escenas del Amduat, para reflejar en la pintura pasajes del Libro de las Puertas la decoración se divide en 3 niveles: el registro central es el río subterráneo por donde discurre la barca mientras que los otros 2 niveles son las orillas donde aparecen bienaventurados y seres malévolos.
Ramsés I ante Osiris - Ramsés I 
Junto al Libro de las Puertas se observan también las figuras del fallecido junto a diversas deidades de connotaciones funerarias, tales como Osiris, Horus o Anubis, además de otras también bien conocidas (Atum-Ra-Jepri, Neit, Maat y Nefertem). Por ende aparecen las llamadas Almas de Nejen y las Almas de Pe, símbolo de los antiquísimos monarcas del Alto y Bajo Egipto, considerados espíritus protectores. Y además, podemos ver pinturas de otros motivos, en este caso de conocidos amuletos como el pilar dyed o el nudo tyit, asociados a Osiris e Isis, respectivamente.
La tumba de Ramsés I fue descubierta en octubre de 1817 por el italiano Giovanni Battista Belzoni, sólo unos pocos días antes del hallazgo de KV17, capaz de eclipsar con su belleza y magnificencia a cualquiera de los otros sepulcros por entonces conocidos del Valle de los Reyes. Aun así, KV16 también llamó algo la atención de la expedición de Belzoni –patrocinada por el coleccionista de antigüedades inglés Henry Salt–…
… sacando a la luz los pequeños restos del equipamiento funerario que aún quedaban, tales como estatuas guardianas de madera o pequeñas figurillas de dioses aún sin nombre, con forma de hombres con cabezas de chacal, mono y león, e incluso una mujer con una tortuga por cabeza, quizás el hallazgo más curioso. El enorme sarcófago de granito rojo sería abandonado en la cámara sepulcral.

Se va acercando el momento culminante de la visita al Valle de los Reyes, es decir, la entrada a la tumba de Tutankamón. Pero antes nos queda que ver otra tumba, cosa que no ocurrirá...¡Hasta el próximo capítulo!
Referencias bibliográficas del Capítulo 3 (El Valle de los Reyes - Ramsés I):