martes, 29 de marzo de 2011

Capítulo 6 del viaje a Egipto - El Templo de Lúxor: El exterior

Tras una intensa mañana en la Antigua Tebas, a reponer fuerzas en el barco, que aún nos queda un plato fuerte por la tarde: la visita al…
TEMPLO DE LÚXOR: EL LUGAR DEL NACIMIENTO
Muchos os haréis la misma pregunta: que "jartá" de templos ¿no? Pues es verdad que son muchos templos los que llevamos vistos en un sólo día. En realidad, con éste son concretamente 3 templos, 4 tumbas y 2 colosos (aunque éstos se pueden contar como uno sólo porque están juntos y se ven a la vez, jeje). Pero, y ya hablando en serio, para nada se harta uno de tantas piedras, sobre todo por que te das cuenta de que cada uno de estos lugares tiene sus características diferenciales propias y su personalidad. El secreto, creo yo, es el de informarse antes un poco acerca de los lugares que vamos a visitar, para que, una vez allí, no nos suene todo a jeroglífico y nos enteremos de la historia y de la Historia que atesoran. Y de paso, no aburrirnos. De todas formas, quien diga que en Egipto se aburrió posiblemente se aburra en todos los sitios del Mundo. Pues eso, ¿seguimos?
Mapa de Luxor, antigua Tebas, y de las montañas tebanas. En recuadro, el Templo de Luxor, que visitamos esta tarde del Martes 28 de Abril de 2009. 
En esta foto, el Templo desde el aire.
La construcción del Templo de Lúxor fue ordenada por Amenofis ó Amenhotep III a su arquitecto también llamado Amenhotep (hijo de Hapu). Éste edificó un templo completo: naos, santuario de la barca, sala de ofrendas y antecámara, esta última flanqueada de capillas destinadas a la triada tebana. 
Ejecutado en el más puro estilo de la XVIII dinastía egipcia, el Opet del sur constituye un raro ejemplo de edificio divino del Nuevo Imperio bien preservado.
Echemos un vistazo al plano del Templo para situarnos. Del 8 al 19 es obra de Amenhotep III, a excepción de alguna ayuda posterior de Alejandro Magno y los romanos. Los números bajos (1 al 7) corresponde a obras de Ramsés II y otros reyes más modernos (Ptolomeos, Nectanebo, entre otros).
A medida que caminamos desde la entrada hasta el interior del Templo de Lúxor, observamos las construcciones desde las más recientes a las más antiguas en el tiempo. Algo así pasaba, si recordamos en el Templo de Karnak. 
Tras bajarnos del autobús, caminamos hasta la entrada al recinto, con los tickets que nos suministró el guía (y cuyo precio también iba incluido en el precio del viaje). Una vez ya en la explanada frente al pílono de Ramsés II, el Habibi nos dió las explicaciones previas a la visita.
El templo de Luxor es el complemento meridional del gran templo de Amón en Karnak, en la medida en que estaba dedicado a la triada tebana, pero sobre todo a Ka y a la forma progenitora del dios dinástico bajo el aspecto de Amón-Min. Separados por unos dos kilómetros, los dos templos estaban unidos por una avenida o dromos bordeado de 700 esfinges con cabeza de carnero y de estaciones o capillas donde se paraban las barcas de la triada tebana en la gran Fiesta de Opet.
El Dromo de las Esfinges
Bajo el reino de Nectanebo I, esta avenida ceremonial fue completada por esfinges con cara humana (androesfinge) del lado del templo de Luxor, mientras que en el lado de Karnak, como vimos antes, permanecen con cabezas de carnero.
El dromos constituía la articulación principal de la ciudad que atravesaba de norte a sur, dividiéndola en un barrio occidental que bordeaba el Nilo dónde se encontraba el puerto, los barrios populares y el de los artesanos, y un barrio oriental probablemente más residencial que se extendía entre los grandes templos y contenía numerosos santuarios repartidos a lo largo de las grandes avenidas adoquinadas que cuadriculaban la ciudad.
Capilla de la diosa Hathor
Situada en la explanada exterior, a la izquierda una vez finalizada la avenida de las esfinges, se encuentran los que quizás sean los restos de una Capilla de la diosa Hathor (cuya adoración habíamos visto de forma patente en el Templo de Hatshepsut y de la que ponemos aquí abajo un simpático dibujito).
La Capilla de Serapis
Situada también en la explanada exterior, a la derecha una vez finalizada la avenida de las esfinges.
Dios tardío en la historia del Antiguo Egipto, ya en la época helenística, Serapis (User-Hep en su nombre egipcio) era una deidad sincrética greco-egipcia a la que Ptolomeo I declaró patrón de Alejandría y dios oficial de Egipto y Grecia con el propósito de vincular culturalmente a los dos pueblos. Sus templos estaban vinculados a concurridos oráculos que interpretaban los sueños.
Serapis fue adorado, principalmente, como dios de la curación. En resumen: el último gran dios pagano antes del imperio del Cristianismo.
El dios patrono de Alejandría obtuvo rápidamente un lugar destacado en el mundo griego. Las reprentaciones humanas de Isis y Horus fueron fácilmente adaptadas a la imaginería griega, mientras que Anubis fue aceptado gracias a la imagen clásica griega del Cancerbero. El culto de Serapis —junto con Isis, Horus y Anubis— se propagó a lo largo del mundo helenístico, alcanzando también a Roma. A su vez, el ejército romano de Alejandro Severo (quien aparece en algunas monedas frente a una imagen de Serapis) llevó el culto de esta deidad hasta los últimos confines del Imperio. El culto de Serapis se convirtió así en uno de los principales de Occidente, conservando popularidad hasta los tiempos de Juliano el apóstata. La destrucción del Serapeo de Alejandría y de su famosa imagen en el año 385 d. C., tras el decreto de Teodosio, marcó el declive final del paganismo en todo el Imperio (en estos hechos se basaba la película de Amenábar sobre Hypatia de Alejandría).
El pílono
Construido por Ramsés II, relata la batalla de Qadesh, librada por el faraón contra los hititas. Representa la entrada al templo. En la decoración se incluye el poema de Pentaur que glorifica el valor del faraón en la batalla. Para más información, ver el capítulo sobre la sala hipóstila del Templo de Karnak (es que este Ramsés II era en verdad un poquito monotemático).
En la entrada están las famosas estatuas sedentes de Ramsés II, decoradas con imágenes de prisioneros que representan los 9 pueblos conquistados por Egipto. La reina Nefertari aparece a cada lado del trono. Las estatuas son de granito gris con una altura de 15.6 metros. Originalmente existían 4 estatuas más, realizadas en granito rosa de las que actualmente sólo queda una que representa a Meritamón, la hija de Ramsés II.
Frente al pílono se encontraban 2 obeliscos, de los que sólo uno queda en el lugar original, de unos 25 metros de altura se encuentra actualmente en su emplazamiento original. El obelisco está decorado con una escena en la que aparece Ramsés II adorando a Amón, y 3 franjas de jeroglíficos en las que se describe el protocolo real junto a una fórmula de alabanza a las construcciones y victorias del faraón y la duración de su reinado.
El solitario y desparejado Obelisco
Estela situada en el exterior del templo
Los dos obeliscos fueron ofrecidos en 1830 a Carlos X de Francia por Mehemet Ali, pero sólo el de la derecha fue finalmente derribado y transportado hacia Francia. Jean-François Champollion fue quien eligió, por mandato del rey, el primero de los dos obeliscos, en parte cubiertos de arena. La leyenda dice que se decidió por el de la derecha, entrando en el templo, el más pequeño y el más dañado. El obelisco fue erigido con una gran fiesta en París, dónde se erigió en 1836 en el centro de la plaza de la Concordia…
…En agradecimiento, Luis Felipe I de Francia ofreció un reloj que hoy día adorna la mezquita de Mehemet Ali (la mezquita de Alabastro, que días después visitaríamos en el Cairo), pero se estropeó en el camino y nunca funcionó. El segundo obelisco, que nunca dejó Egipto, fue oficialmente «devuelto» por Francia en 1981, al principio del primer mandato de François Mitterrand. 
“El obelisco que se alza en la plaza de la Concordia de París (23 metros de altura y 227 toneladas de peso aproximadamente) procede del templo de Lúxor, en el Alto Egipto. Se encontraba delante del pilón, lado oeste, que señalaba la entrda al lugar santo. El pilón estaba flanqueado por dos obeliscos, el segundo de los cuales ha permanecido en su lugar de orígen. El traslado del obelisco desde Lúxor hasta París se debe a Jean-François Champollion (1790-1832), genial descifrador de la lengua jeroglífica y salvador del genio faraónico. En 1829, mientras se encontraba en Egipto, Champollion tuvo noticias de que los ingleses querían comprar varios obeliscos al todopoderoso señor de Egipto, Mehmet-Alí. Se iniciaron conversaciones. El egiptólogo se transformó en hombre de negocios. Para salvar al menos uno de los obeliscos de Lúxor, que consideraba como una obra maestra amenazada de destrucción, Champollion propuso, por la suma de 300.000 francos, trasladar el monolito de Lúxor a París. Levantar un monumento semejante en la capital de Francia se correspondía con el deseo manifestado por Napoleón y era conforme al honor nacional. Las autoridades francesas y egipcias se pusieron de acuerdo y aprobaron la elección de Champollion, que dio a conocer sus condiciones: que el hombre encargado de llevar a buen término esta empresea no fuese un erudito sino un arquitecto de espíritu práctico. Poco antes de la partida de Champollion hacia Francia, en noviembre de 1829, Mehmet-Alí confirmó al padre de la egiptología que el obelisco que había escogido iría a París. El barón Taylor, enviado por Carlos X, llegó a Alejandría en 1830 para cerrar el trato. Puesto que las relaciones franco-egipcias corrían el riesgo de deteriorarse, decidió no perder tiempo. Una vez entregado el dinero a Egipto, un ingeniero, Jean-Baptiste Apollinaire Lebas, se encargó del traslado. Se construyó un barco especial, el Lúxor, que partió de Tolón en abril de 1831 y salió de Egipto con su precioso cargamento en abril de 1833. Atracó de nuevo en Tolón tras una travesía de 40 días. Pero el obelisco sólo sería depositado en París a finales de 1833, y hasta el 25 de octubre de 1836 no sería erigido en la plaza de la Concordia, en presencia de una multitud de unos 200.000 curiosos. Hasta el último momento, Lebas temió lo peor. Al ver que las cuerdas de un extremo amenazaban con romperse, un espectador, cuya identidad se desconoce, lanzó la orden: ¡Mojad las cuerdas!. La operación tuvo éxito y la aguja de piedra se levantaría, para su segundo nacimiento, bajo el cielo de París.”
Fragmento del libro “El Enigma de la Piedra”,  de Christian Jacq
Y con este salto en el espacio hasta París, volveremos al Templo para adentrarnos por fin en su interior. Pero eso ya será en el próximo capítulo...
Referencias bibliográficas:
* La Ruta Prohibida y otros Enigmas de la Historia. Javier Sierra. Editorial Planeta. 2007
* El Enigma de la Piedra. Christian Jacq. 1994 Editions Robert Laffont S.A.

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