sábado, 2 de abril de 2011

La educación de Don Fernando

Me gusta imaginar que fuera una de esas largas mañanas de primeros de Julio, tan larga como la marea vacía de un día entresemana, sin más gente de la debida. Temprano... 
En esos días el tiempo no corría. Aún quedaba mucha mañana, aún quedaba mucho verano. Pero vamos, no tengo ni idea, sólo sé que ocurrió en la playa de La Caleta un día de verano. Porque en realidad la anécdota la cuenta mi abuela. Yo estaría posiblemente, en ese momento, dando brincos detrás de una pelota, con los arcos del Balneario como portería. Es de estas cosas que nos cuentan y que de tanto oírlas o recordarlas la asimilamos y llegamos a ser capaces de evocarlas como vividas en primera persona. 
Pues bien, resulta que una pareja de dos primos de corta edad, de unos 8-10 años por aquel entonces se encuentran dando buena cuenta de una bolsa de patatas fritas. ¡Qué bien saben las patatas fritas cuando se tiene hambres después de haber correteado por la arena bajo la brisa de poniente!. Bueno, pues eso, una hermosa parejita de niños totalmente fotogénicos (es verdad, no es pasión de familia por tratarse de mi prima y mi hermano) se están acabando sus patatas cuando se les acerca un hombre mayor pero no viejo, con bañador antiguo, barba, y frente despejada, o quizás llevaba una gorra marinera. Su sempiterna bolsa en mano, llena ya de basura... 
Se dirige a ellos y les pregunta: "¿A dónde váis a tirar el paquete de patatas cuando terminéis?" Los niños, ni cortos ni perezosos, responden al unísono con una sonrisa: "A la papelera". El hombre les responde con un "muy bien, niños", o quizás solo con una sonrisa, y prosigue su tarea.
Efectivamente, mi hermano y mi prima habían recibido una lección de lo que hoy estaría de moda denominar "Educación para la ciudadanía", o lo que es lo mismo, simplemente una lección de educación, respeto para con los demás y sobre todo con el medio ambiente que nos rodea. El bellísimo medio ambiente que nos rodea. 
Mejor dicho, más que una lección, podríamos denominarlo un repaso, ya que como Don Fernando pudo comprobar, se sabían la respuesta (los padres y la familia son los que deben comenzar esta educación, sin ellos, no hay lección que valga, ni incluso del profesor más importante de la Historia). Desgraciadamente y aunque parezca mentira, pocos niños de esa edad habrían tenido la respuesta tan clara. 
Los niños no sabían que ese "Profesor" (que en tan solo unos segundos les enseñó urbanidad), era el mismo que había dado vida, por ejemplo, a un granuja pirata gaditano que, a pesar de sus fechorías por todo el mundo entero, consiguió ser víctima de otro granuja de dos calles más arriba, de Puerto Chico (que no es lo mismo que Puerto Rico), en lugar de haber conseguido lo que realmente se merecía (el premio Planeta). 
O resucitar a un viejo arqueólogo perdedor que se fue a la tumba sin poder conseguir su sueño aún teniéndolo bajo sus pies. O a las mil y una noches de una legionaria. O que había imaginado que la mar entraba (como si se tratase de uno de estos tsunamis de penosa actualidad) desde la Alameda, por la Plaza de San Antonio y subiendo por la calle Ancha... 
Tampoco sabían que el efímero Profesor fue a su vez alumno eterno del gran Borges...
En ese momento no sabían nada de él. Solo lo que podían adivinar a su corta edad: que se trataba de un "mayor" que se dedicaba  a la humilde y la vez grande tarea de limpiar de basura la playa, dando ejemplo con sus actos a su enseñanza. Así era Don Fernando (Quiñones). Desde entonces, aquellos niños (que yo sepa) nunca han tirado un papel al suelo.
Notas
  • Las fotos aquí mostradas, de la playa donde sucede la pequeña anécdota, son precisamente de uno de los niños protagonistas. Disfrutadlas...    
  • Aquí, toda la información sobre el poeta: http://www.rutaquinonesca.blogspot.com/

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