martes, 14 de febrero de 2012

Sed de sangre y hambre de cenizas

"Aquí estoy entre los muros del antiguo templo, donde aún resuenan los gritos de esos desdichados infantes que, de forma inminente, iban a ser pasto de las llamas. Ahora que soy padre, comprendo de forma más profunda la desolación de aquellos que eran obligados a entregar a sus hijos a la muerte con la vaga promesa de la redención de su pueblo. 
Mientras cruzo las columnas que dan la bienvenida al templo, desde lo más profundo de mi corazón sale un sagrado juramento: si en vez alguna me encontrara en la situación de esos padres, si alguien osara arrancar un solo pellizco de la carne, una sola gota de la sangre o un único momento de la libertad de aquél que, arropado en el calor de mi hogar y quien en su infinita inocencia aún solamente juega con figuras de barro e ídolos de madera...puedo jurar que en poco tiempo también ardería igualmente en las entrañas del Gigante, o igualmente alcanzaría de otra forma igual destino. Aunque para ello fuera necesario que éste también fuera el mío... 
Aún Baal-Hammón nos mira desde la altura con sus ojos sediento de sangre y cenizas. Sí. Los sacerdotes siempre han tenido una sed y un hambre insaciables, a veces no calmados con el mejor vino de estas tierras ni con los más suculentos majares. Pero afortunadamente esas escenas de miedo y terror ya no se vivirán entre estas paredes, al menos mientras la Naturaleza mantenga la bonanza en estas tierras, nuestros enemigos queden lejos y los réditos conseguidos por nuestros comerciantes alcancen a todos los habitantes del poblado. 
De esta forma, los sacerdotes no tendrán excusa alguna para volver a los tiempos de antaño, cuando aún perduraban las primitivas costumbres traídas por nuestros antecesores desde las lejanas tierras del Este, mucho antes de que nuestro pueblo cruzara más allá de la Gran Piedra".