sábado, 30 de mayo de 2015

Los dioses también lloran

"Jamás llegué a saber si fue consciente de mi presencia. Si lo fue, supongo que no vio peligro ni necesidad de ocultar ante mí, un pequeño infante agazapado detrás de una de las imponentes columnas del templo, los pensamientos que en aquel momento iba a dejar escapar en forma de pequeña y brillante lágrima. Porque no fue más que una pequeña lágrima, lo cual no es poco teniendo en cuenta de quién se trataba..." 
Dos piedras en una foto. La del fondo, el legendario islote de Sancti Petri, probable localización del Templo de Hércules y donde, según cuenta la leyenda, el gran Julio César lloró ante la estatua de Alejandro Magno. Quién sabe si esa estatua se pueda encontrar perdida en algún lugar del fondo del mar, matarile rile. 


Hasta que aparezca, nos contentamos con otras representaciones de Alejandro que hemos encontrado en nuestros viajes por ahí. Detalle de la figura de Alejandro Magno en el mosaico de Issos de la Casa del Fauno, en Pompeya. Copia realizada en 2005 del original romano que se encuentra en el Museo de Nápoles. A su vez, copia de una pintura helenística anterior. 
Mientras que en la imagen anterior, localizada en el Mediterráneo medio (Pompeya), Alejandro luchaba (contra Dario III) por alcanzar la eternidad, en esta otra situada en el Mediterráneo Oriental (Templo de Lúxor, Egipto), ya lo vemos representado como Faraón.

"No sé si antes había llorado o si en algún momento de su vida volvería a llorar. ¿Quizás de pena por la muerte de alguno de sus compañeros de batalla más allegados?¿Quizás de emoción tras alguna de sus posteriores conquistas?¿Quizás de placer en el lecho de la más bella de las reinas de Oriente? Quizás. Quién sabe. Pero esa lágrima no era de pena, emoción o placer. Era de rabia. Contenida, pero rabia".

Quien la sigue la consigue, y Julio César también alcanaría la eternidad como su admirado Alejandro. Más de dos siglos después aún hay quién deposita un ramo de flores en su recuerdo en los restos del templo dedicado a su memoria en el Foro de Roma.

"Ahora con el tiempo y los años doy sentido a la escena y doy fe fue así. No era lágrima de postración ante el Dios que tenía delante sino de rabia o envidia por no haber llegado ya, a su corta edad, a serlo como él". 

Permanecer en la memoria colectiva es la mejor forma de demostrar que se ha alcanzado la divinidad.

"Aún a estas alturas, me siguen sorprendiendo esas personas que no se detienen ante nada ni ante nadie para conseguir su propósito. No basta con llegar sino que hay que llegar primero. Se creen los mejores. Una voz interior se lo repite una y otra vez. Sólo unos escogidos lo consiguen. ¿Merece la pena?¿A qué precio? Quizás a cambio de la propia vida. Y sobre todo, a cambio de la vida de muchos más que se quedan en el camino. Otros, por el contrario, con algo de suerte llegamos a viejo para contarlo".

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